Qué bonita y sabrosa es la justicia

En «Bonito y Sabroso», Benny Moré celebra la manera en que los mexicanos bailan el mambo y reconoce en ella algo de su propia tierra. México y La Habana aparecen como ciudades hermanas, unidas por la música y la alegría. Pienso en esa canción al contar la historia de Auliandri Columbie Romero, un promotor cultural cubano que llegó a nuestro país buscando libertad y oportunidades que no existen en su país. Dos días después de su llegada fue detenido arbitrariamente por la Policía del Estado de México. La bienvenida que recibió tenía poco que ver con aquella hermandad.
Auliandri dejó una isla agobiada por el bloqueo económico que viven desde hace decádas, donde no encontraba condiciones para construir la vida que deseaba y estar cerca de su gente. Imaginaba México desde su cultura y la posibilidad de compartirla. Terminó conociéndolo desde el penal de Barrientos, acusado de participar en una extorsión junto con otras cuatro personas. Su historia permite mirar la distancia entre el país hospitalario que nos gusta celebrar y el trato que nuestras instituciones pueden dar a quien viene buscando un lugar para vivir.
La noche del 17 de enero de 2025 en Nicolás Romero, Estado de México. Hombres armados y encapuchados irrumpieron en un domicilio y se llevaron a cinco personas. Había videos y testimonios que permitían reconstruir esa detención. Los agentes policiales presentaron otra historia: dijeron haberlas detenido después, en un sitio distinto, como participantes de una extorsión. De esa diferencia dependían la legalidad de la captura y la credibilidad de la acusación.
Desde la defensa de Auliandri señalamos las contradicciones. Si las imágenes y los testigos situaban la detención en otro lugar y momento, era indispensable explicar esa discrepancia. La jueza de control decidió dar crédito a los policías. El argumento fue el estándar de prueba necesario para vincular a proceso: bastaban indicios de un hecho posiblemente delictivo y de la probable participación de los imputados. En la práctica, la palabra de los aprehensores pesó más que los datos que la contradecían.
Conviene detenerse aquí. Para iniciar un proceso no se exige la misma prueba que para dictar una condena. Pero un estándar menor también exige razones y una valoración de los datos disponibles. El uniforme no convierte una declaración en verdad. Cuando hay evidencia que cuestiona el relato policial, el juez debe examinarla. De otro modo, la audiencia se vuelve un trámite para autorizar lo que la policía ya decidió y la defensa queda obligada a probar que la acusación es falsa.
¿Qué significa entonces presumir inocente a una persona? Significa que corresponde al Estado demostrar su responsabilidad. Auliandri y sus compañeros no tenían que acreditar su inocencia para merecer libertad. Sin embargo, enfrentaron una lógica que reconocemos quienes litigamos asuntos penales: primero se acepta la acusación y después se exige al detenido desmontarla. Lo kafkiano aparece cuando aportar pruebas no basta para que la autoridad revise la historia que decidió creer.
Mientras discutíamos sobre indicios y estándares, Auliandri enfrentaba la vida de Barrientos. Conoció las extorsiones, las amenazas y la corrupción. Tuvo que aprender a sobrevivir dentro de una cárcel mexicana cuando apenas comenzaba a conocer el país. Para un promotor cultural que imaginaba encuentros, música y proyectos, la vida cotidiana quedó reducida a soportar el encierro y esperar. Más de veintiún meses de su vida transcurrieron así. Ninguna resolución puede devolverle ese tiempo.
El 23 de octubre de 2026, el tribunal absolvió a los cinco acusados por insuficiencia probatoria para demostrar la existencia del delito de extorsión. Ordenó su pronta e inmediata libertad y dar intervención a la Fiscalía Especializada en Anticorrupción para investigar hechos de tortura. La precisión importa: la fiscalía no logró demostrar el delito. Auliandri conservó durante todo el proceso la inocencia que el sistema debió respetar desde su detención.
Pero la puerta de la cárcel no condujo al encuentro con su familia. Por «protocolo» lo enviaron a la estación migratoria de Iztapalapa. Después de ser absuelto, seguía privado de libertad, ahora bajo otra autoridad. Auliandri sintió ese lugar como un respiro frente a los horrores de Barrientos. Hay que pensar en lo que significa esa comparación: cuánto tuvo que padecer para encontrar alivio en un nuevo encierro. La burocracia todavía tenía algo que resolver antes de permitirle salir.
Finalmente gracias a un amparo, recuperó la libertad el 27 de octubre. Hoy está con su familia. Me alegra haber acompañado su defensa y que pueda comenzar la vida que vino a buscar. También creo que debemos exigir una investigación sobre lo ocurrido y responsabilidades por los abusos. La absolución no puede servir para cerrar los ojos ante el daño.
Pienso otra vez en Benny Moré y en esa hermandad que cantamos con tanto gusto. Qué bonita y sabrosa sería la justicia si la libertad de Auliandri hubiera importado desde el primer día.



