Entre Caníbales

«Come de mí, come de mi carne, no pierdas tiempo en desmenuzarme», canta Gustavo Cerati en Entre caníbales, de Soda Stereo. En la canción, devorarse puede ser una metáfora del deseo. Fuera de ella, consumir carne humana nos coloca frente a lo que solemos llamar el último tabú de la humanidad: convertir el cuerpo de otra persona en alimento.
La repulsión es tal que pareciera innecesario prohibirlo. En muchos ordenamientos, incluido el Código Penal que rige en la Ciudad de México, el canibalismo no existe como delito autónomo. Uno podría pensar que al legislador no se le ocurrió nombrar algo que suponía inconcebible. Es una interpretación, no una explicación documentada de ese silencio. Y hace falta precisar: la ausencia de ese nombre no significa impunidad; pueden perseguirse el homicidio, la mutilación o la profanación de cadáveres.
Tampoco toda antropofagia tiene el mismo significado. Está la ritual, practicada por los mexicas dentro de un universo religioso que debemos entender en su contexto. Para asomarse a ese mundo recomiendo El dios hambriento, de Enrique Serna, una novela que nos lleva a la vida y las intrigas de Tenochtitlan durante la expansión del poder mexica. Está la de supervivencia, como la de los sobrevivientes de los Andes, que la extraordinaria película La sociedad de la nieve nos permite mirar desde el hambre, la solidaridad y el límite de la resistencia humana. Para profundizar recomiendo Historia natural del canibalismo, de Manuel Moros Peña.
Existe también el canibalismo criminal. Muchos conocen a Jeffrey Dahmer por la serie de Netflix. Otros nombres aparecen en esa historia: Andrei Chikatilo o Peter Kürten, aunque este último es conocido sobre todo por beber sangre de sus víctimas. Conviene distinguir incluso en este catálogo del horror. Los apodos y las adaptaciones televisivas suelen borrar las diferencias con la misma facilidad con que borran a quienes fueron asesinados.
En mi vida profesional me crucé con dos de estos casos. Al primero pude entrevistarlo gracias a un colega del INACIPE que realizaba evaluaciones: Gumaro de Dios Arias, el llamado «Caníbal Maya». Había asesinado a su amante y consumido vísceras y carne de su cuerpo. Su explicación era que así adquiriría sus «poderes» y podría convertirse en un gran albañil como él. Una apropiación literal de las capacidades del otro.
Gumaro tenía problemas de salud mental y una fuerte adicción a los estupefacientes. Esas circunstancias formaban parte del caso y requerían evaluación, sin que puedan convertirse en una explicación automática de semejante violencia. De aquella conversación recuerdo una frase cuya crudeza no necesita adjetivos. Cuando habló del sabor de la carne humana me dijo: «Sabe como borrego».
El segundo encuentro fue con el escenario de los crímenes de José Luis Calva Zepeda, el «Caníbal de la Guerrero». Como visitador de la entonces Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal acudí al departamento 17 de Mosqueta 198. Hay escenas que permanecen en la memoria con una precisión incómoda: el desorden, el inconfundible olor a muerte, los trozos de carne en un plato y en una sartén, los huesos dentro de una caja de cereal. Después se confirmó que eran restos humanos.
También estaban los afiches de películas de terror. Entre mis favoritas está El silencio de los inocentes; el cartel que tenía Calva correspondía a su segunda parte, Hannibal. Ver aquella imagen en ese departamento producía una cercanía perturbadora entre la ficción que uno disfruta y la violencia que acaba con una vida. El personaje cinematográfico tenía enfrente la materialidad de un crimen: un cuerpo, una ausencia, una familia buscando respuestas.
Calva me pareció más complejo que Gumaro. Lo vi en la Fiscalía de Homicidios y en un par de audiencias, aunque nunca hablé con él. Fue ahí, junto con la fiscal que investigó el caso, donde aprendí que no podía imputársele un delito de canibalismo. Por los actos sobre el cuerpo, la figura era la profanación de cadáveres; el homicidio tenía su propia responsabilidad. En aquel 2007 aún no existía en el Distrito Federal el delito de feminicidio: se incorporó al Código Penal en 2011. El derecho debía traducir aquel horror a las conductas que sí estaban previstas en la ley.
Se decía poeta, dramaturgo, actor y novelista. En sus últimos días quiso escribir su historia bajo el título Instintos caníbales. Nunca pude leerla. Conocí algunos poemas suyos: querían pasar por los de un poeta maldito, pero estaban llenos de clichés. Hoy su caso puede examinarse desde el feminicidio sexual sistémico y la violencia serial contra las mujeres, más allá del personaje literario que él pretendía construir.
Vi Poeta caníbal, la serie de HBO, y me pareció deshilvanada. Su hilo conductor no atrapa y el tratamiento de las víctimas y de la personalidad de Calva resulta superficial. Había ahí una oportunidad de entender mejor la violencia y sus condiciones. A mí me dejó preguntas que la narración apenas roza.
Contar estas historias exige mirar a las víctimas. Antes de los sobrenombres, de los carteles y de la fascinación por el asesino, hubo personas con una vida propia. Recordarlas obliga a preguntarnos por qué sabemos tanto del victimario y tan poco de quienes ya no pueden contar su historia.



