El IMSS en terapia intensiva: la versión A, la B y la que nadie quiere oír

En todo conflicto siempre hay tres versiones: la A, la B y la verdadera. El que hoy sacude al Instituto Mexicano del Seguro Social no es la excepción. Durante este mes vimos plantones frente a las oficinas centrales, bloqueos en la Ciudad de México y el Estado de México, una marcha nacional y una consulta sobre el aumento salarial. Mientras tanto, millones de derechohabientes se preguntan si mañana habrá consulta, cirugía o medicamento.
Escribo desde la medicina privada, pero no desde la comodidad de quien mira de lejos. Durante mi formación como médico transite por los pasillos del IMSS. Hice guardias de 36 horas con un café frío, comida de aspecto poco apetecible y un paciente grave en cada cama. Sé lo que se siente operar con lo que hay y no con lo que se necesita. Por eso no puedo ver este conflicto con indiferencia, ni tampoco con romanticismo. Yo en lo personal opté por continuar mi formación como especialista en la entonces ‘Secretaría de Salud’ así como los Institutos Nacionales de Salud durante mi formación como especialista; la razón: No podía decirle a un paciente que el medicamento correcto que necesitaba no se lo podía prescribir porque estaba fuera del cuadro básico ¿Las cosas eran mejor en salubridad en ese entonces? No necesariamente, pero al menos había mayor libertad de ejercer una medicina basada en evidencias y no en existencias.
La versión A: la de los trabajadores
Médicos, enfermeras y personal de salud dicen que ya no pueden más. Y tienen argumentos de peso. El aumento salarial no compensa la carga de trabajo ni el desgaste, mucho menos la inflación, ese impuesto silencioso que a todos nos asfixia. Faltan medicamentos, insumos y material básico. Hay consultorios donde se atiende a un paciente cada 10 minutos, porque no dá para más; un sistema informático que se cae y una agenda saturada desde hace meses. Muchos exigen además un cambio en la dirigencia sindical, a la que acusan de negociar a espaldas de la base trabajadora. Lo he visto: el residente que compra con su dinero las suturas, la enfermera que cubre dos pisos, el especialista que tiene que decirle a un paciente con cáncer que su cirugía se pospone porque no hay quirófano. Esa frustración es real y legítima.
Pero esta versión también tiene puntos débiles. Cuando un bloqueo impide que una ambulancia llegue o una consulta se cancela sin aviso, el que paga no es el funcionario ni el líder sindical: es el paciente, el mismo que dicen defender. Y hay que reconocerlo: dentro del gremio también hay aspectos turbios que muchos de los que hoy se quejan no reconocen con ética: ausentismo, plazas heredadas y vicios que el propio sindicato ha protegido durante décadas: medicamentos que desaparecen de los almacenes, personal que cobra de la nómina pero se no se presenta a laborar por semanas o no cumple con los horarios que dice su contrato. Exigir sin hacer autocrítica le quita fuerza al reclamo.
La versión B: la de la institución y el gobierno
Las autoridades sostienen que la atención continúa en la gran mayoría de las unidades, que el aumento es responsable dentro de un presupuesto limitado y que la protesta está politizada. La propia presidenta reconoció que hay demandas “legítimas”, aunque rechazó las críticas de la oposición.
Esta versión también tiene algo de razón. El IMSS atiende a más de la mitad del país con recursos finitos, y un aumento que la institución no puede sostener solo cambia el problema de lugar. Es cierto, además, que en todo conflicto social hay quienes quieren sacar raja política.
Lo que no se sostiene es el discurso de que “todo funciona”. Quien haya pisado una unidad de medicina familiar o un hospital de segundo nivel sabe que el desabasto no es un invento de la oposición. Calificar el descontento de simple grilla es la forma más rápida de que crezca. Y los cambios de modelo de los últimos años, anunciados como soluciones definitivas, dejaron más dudas que medicinas en las farmacias. ¿Qué decir la modalidad 40? Sería motivo de todo un debate y disertación… Una buena propuesta inicial de la cuál muchos trabajadores también sacaron ventajas mañosas.
¿La versión verdadera?
La verdad, como casi siempre, está en medio, y es más incómoda que las otras dos. El IMSS no está en crisis por culpa de un sexenio ni de un sindicato. Lleva décadas de subfinanciamiento, crecimiento de la demanda, una población que envejece y enferma más (diabetes, obesidad, hipertensión), población que no se hace responsable de su salud y sus buenos hábitos, personal de primer nivel que es indiferente con la medicina preventiva y que no predica con el ejemplo y una estructura laboral que premia la antigüedad más que el desempeño.
Desde la medicina privada lo vemos todos los días: pacientes que llegan a nuestro consultorio porque en su clínica les dieron cita a seis meses. Gente que cotiza toda su vida y termina pagando de su bolsillo. Esa es la prueba más clara de que el sistema público no está cumpliendo, y también de que la medicina privada no puede ser la solución para un país donde la mayoría no puede pagarla.
Los médicos privados no somos ajenos a este problema. Somos su válvula de escape. Y cuando la válvula se satura, el país entero lo resiente. ¿En qué momento una farmacia se convirtió en un consultorio? ¿En qué momento la gente empezó a renunciar a un derecho porque parece más bien un castigo ir al IMSS? ¿En qué momento un derecho humano como la salud se convirtió en un lujo?
¿Qué sigue? No hay salida sin tres cosas: dinero suficiente y bien vigilado, un sindicato que represente de verdad a su base y no a sus dirigentes, y un gobierno dispuesto a escuchar antes de descalificar. Ah, y una cuarta que se nos olvida a todos: poner al paciente en el centro de la conversación, no como rehén ni como bandera.
El IMSS ha salvado millones de vidas, Merece algo mejor que una pelea entre la versión A y la B. Merece que alguien, por fin, se atreva a decir la verdadera. ¿Quién será el valiente que tome el toro por lo cuernos? ¿Habrá una curá o seguirá en terapia intensiva permanente?




