México frente al riesgo del tecnofascismo

Hablar de tecnofascismo puede parecer, a primera vista, una exageración. La palabra provoca imágenes del pasado y puede hacernos pensar que estamos hablando de dictaduras, uniformes, censura y violencia política.
Pero el concepto que hoy discuten investigadores y especialistas apunta a algo diferente: la posibilidad de que las nuevas tecnologías, combinadas con concentración económica y tendencias autoritarias, creen formas de control mucho más difíciles de detectar.
Y aquí México también tiene que abrir los ojos. No porque podamos afirmar que nuestro país sea tecnofascista. No lo es. La discusión es otra: debemos preguntarnos qué estamos haciendo para evitar que la inteligencia artificial, la vigilancia digital, los algoritmos y la concentración de datos terminen debilitando nuestros derechos.
Pensemos en algo sencillo. Cada vez que utilizamos un teléfono dejamos información. Cuando buscamos algo en internet, vemos un video, utilizamos una aplicación, compramos un producto o nos desplazamos por una ciudad conectada, generamos datos.
Por separado pueden parecer insignificantes. Juntos pueden construir un retrato extraordinariamente detallado de una persona.
La tecnología actual permite analizar esos datos, encontrar patrones y hacer predicciones. La inteligencia artificial puede llevar ese proceso mucho más lejos: identificar comportamientos, clasificar personas, generar perfiles y recomendar determinadas acciones.
Esto puede tener beneficios enormes. Puede mejorar servicios públicos, detectar fraudes, apoyar diagnósticos médicos, facilitar trámites y hacer más eficientes muchas actividades.
Pero también puede producir riesgos. ¿Qué ocurre si un algoritmo se equivoca y una persona no puede saber por qué? ¿Qué pasa si un sistema discrimina a determinado grupo? ¿Quién responde si una decisión automatizada afecta el empleo de alguien? ¿Qué sucede si una autoridad utiliza sistemas de reconocimiento biométrico sin controles suficientes?
Estas preguntas ya no pertenecen a la ciencia ficción. En México, el debate legislativo comienza a reconocerlas. Durante 2026 se han presentado diversas iniciativas para establecer reglas sobre inteligencia artificial, incluyendo propuestas relacionadas con sistemas de alto riesgo, protección de datos, transparencia, supervisión humana y no discriminación.
También se han planteado reglas específicas para el uso de inteligencia artificial en el trabajo. Una propuesta busca que las decisiones de alto impacto laboral –contratación, evaluación, promoción, sanción o despido– no puedan quedar exclusivamente en manos de sistemas automatizados y que las personas tengan derecho a conocer y cuestionar las decisiones que les afecten.
Eso es importante porque nos permite entender dónde debe estar el límite.
La tecnología debe ayudar a tomar decisiones, pero no puede convertirse en una autoridad incuestionable.
Si una máquina determina que una persona tiene determinado nivel de riesgo, que no merece un empleo, que debe recibir determinado tratamiento o que representa una amenaza, debemos tener derecho a preguntar: ¿por qué? Y debe existir una persona o una institución responsable de responder.
La UNESCO ha planteado precisamente la necesidad de que los sistemas de inteligencia artificial sean transparentes, auditables y explicables, además de proteger los datos personales y garantizar supervisión humana.
Hay otro desafío: las redes sociales. En México, como en prácticamente todo el mundo, millones de personas reciben buena parte de su información a través de plataformas digitales. El problema aparece cuando los algoritmos privilegian aquello que genera más interacción, aunque sea falso, engañoso o profundamente polarizante.
La democracia necesita ciudadanos informados. Si dejamos que la conversación pública sea moldeada exclusivamente por sistemas diseñados para capturar nuestra atención, corremos el riesgo de sustituir el debate por la confrontación.
Y eso puede ser aprovechado por actores políticos, económicos o grupos organizados.
Por eso necesitamos reglas claras para la tecnología, pero también una ciudadanía capaz de comprenderla.
No basta con proteger nuestros datos. Tenemos que entender qué significa entregarlos.
No basta con regular la inteligencia artificial. Tenemos que saber cuándo puede utilizarse y cuándo debe estar prohibida.
No basta con combatir la desinformación. Tenemos que fortalecer la educación digital y el pensamiento crítico.
Y tampoco basta con confiar en las empresas tecnológicas. Debemos construir instituciones capaces de supervisarlas.
El gran desafío de nuestro tiempo será encontrar un equilibrio: aprovechar la tecnología sin permitir que la tecnología se convierta en una forma de poder sin límites.
México tiene una oportunidad. Podemos utilizar la inteligencia artificial para mejorar nuestros servicios públicos, impulsar la productividad, fortalecer la educación, apoyar la ciencia y generar nuevas oportunidades.
Pero debemos hacerlo bajo una premisa sencilla: la tecnología está al servicio de las personas y no las personas al servicio de la tecnología.
Ese debería ser nuestro principio. Porque el verdadero peligro no es que las máquinas sean demasiado inteligentes. El verdadero peligro sería que nosotros dejáramos de hacer las preguntas necesarias.
Una democracia que controla su tecnología puede hacerla una herramienta de libertad.
Una democracia que renuncia a controlarla corre el riesgo de entregar una parte de su poder a quienes poseen los datos, los algoritmos y las plataformas.
El futuro tecnológico de México todavía está por escribirse. Y tenemos que asegurarnos de que lo escriba la sociedad, no solamente quienes controlan la tecnología.
-Diputado local por el Distrito 15 de Iztacalco
X: @PabloTrejoizt



