Siempre hay otras buenas

“Si no es por las buenas, será por las malas”.
Hace unos días pronuncié esa frase mientras mi esposa y yo intentábamos cortarle las uñas de los pies a nuestra hija. Ella tenía miedo y decía que no. Yo estaba convencido de que actuaba por su bien: las uñas largas podían lastimarla.
Cuando volvió a negarse, la sujeté de manos y pies para que mi esposa pudiera hacerlo. Entonces vi su mirada. Para nosotros era un cortaúñas; para ella, sus padres se habían convertido en dos adultos enormes que ignoraban su miedo y sujetaban su cuerpo.
Me detuve.
Le permití conocer el cortaúñas, le enseñé cómo funcionaba y después dejé que cortara algunas de mis uñas. Me pellizcó un par de veces y dejó algún corte bastante dudoso; me tocó aguantarme y sonreír. Cuando comprendió que no era peligroso, aceptó que lo hiciéramos con ella y pidió que fuera yo, porque confiaba en mí.
Las uñas terminaron cortadas. Cambiamos el método, no la responsabilidad.
Esta no es una columna sobre crianza. Es una columna sobre lo que hacemos con nuestros problemas antes de convertirlos en expedientes.
En el despacho he visto conflictos que comenzaron con una deuda, una promesa incumplida, una separación, una herencia o una discusión entre vecinos. Problemas que quizá tuvieron una buena salida, pero crecieron porque alguien decidió que escuchar era ceder, reconocer un error era perder y pedir perdón era humillarse.
Entonces aparece nuestra versión adulta de “por las malas”: págame o te demando; acepta lo que quiero o te denuncio; firma o nos vemos en los tribunales.
La ley deja de ser límite y se convierte en amenaza. El juzgado se vuelve la continuación de una discusión que nadie quiso resolver a tiempo.
Acudir ante una autoridad es un derecho. Hay conductas que deben denunciarse y situaciones en las que esperar aumenta el peligro. La violencia, el abuso y el riesgo real no se solucionan obligando a la víctima a conversar con quien la agrede. Hablar de otras buenas nunca debe significar tolerar lo intolerable ni fabricar impunidad.
Pero tampoco todo desacuerdo es un delito, toda deuda es un fraude ni toda relación rota necesita convertirse en una guerra judicial. Tener acceso a los tribunales no significa que debamos usarlos como primer golpe.
El propio derecho reconoce otras formas. El artículo 17 constitucional ordena prever mecanismos alternativos de solución de controversias. En materia penal, la ley habla de mediación, conciliación y juntas restaurativas, basadas en diálogo, reparación, voluntariedad, imparcialidad y honestidad.
No se trata de sustituir a los jueces con buenas intenciones. Negociar no siempre es rendirse, reparar puede ser más útil que castigar y alcanzar un acuerdo legítimo también es una forma de justicia.
Sin embargo, ningún mecanismo funcionará si llegamos dispuestos únicamente a vencer. Las herramientas jurídicas pueden abrir una puerta, pero se necesitan valores para cruzarla: escuchar, cumplir la palabra, respetar un “no”, reconocer el daño, reparar lo posible y aceptar que no siempre obtendremos todo lo que queremos.
En mi primera entrega escribí que la ley puede obligarnos a cumplir un contrato, pero no a cumplir nuestra palabra. Después hablé del deber de respetar a la pareja, incluso cuando decide dejar de amarnos. En la tercera reflexioné sobre los riesgos de utilizar al Ministerio Público y a los tribunales como cuadriláteros.
Las cuatro historias llegan al mismo punto: el derecho interviene cuando algo ya se rompió, pero los valores pueden evitar que terminemos de destruirlo.
Aquel día con mi hija yo tenía razón en una cosa: sus uñas necesitaban cortarse. Estaba equivocado en otra más importante: creer que tener razón me autorizaba a imponerla mediante el miedo.
Eso también ocurre fuera de casa. Podemos tener derecho a cobrar, separarnos, reclamar o defendernos y, aun así, escoger una manera innecesariamente destructiva. Tener un derecho no nos obliga a ejercerlo de la peor forma posible.
Antes de presentar una demanda, formular una denuncia o comenzar una pelea que terminará resolviendo un tercero, vale la pena preguntarnos si todavía existe otra buena manera. Tal vez sea conversar, acudir a mediación, reparar el daño, establecer un límite o aceptar que cada quien debe seguir su camino.
Y si la “otra buena” es precisamente acudir ante la autoridad, hagámoslo con verdad y no por venganza. La justicia también puede ser una de las buenas cuando se utiliza para proteger y no para destruir.
Mi hija no me enseñó a renunciar a mi responsabilidad. Me enseñó que la autoridad no se demuestra imponiendo miedo, sino encontrando una forma de cumplirla sin perder la confianza.
Quizá aprendimos incompleta aquella vieja frase.
Si no funciona una buena manera, no significa que debamos hacerlo por las malas.
Siempre hay otras buenas.
-Rosendo Gómez Hernández



