La Captura: Cuando el Estado quiere

La captura (Chava Cartas, Netflix, 2026) me parece una película excepcional, en el sentido más estricto de la palabra. No utilizo el adjetivo únicamente para decir que es una buena cinta —que lo es—, sino porque constituye una verdadera excepción dentro del cine mexicano contemporáneo. Se trata de una película de acción de buena factura, emocionante, bien dirigida y capaz de sostener la tensión sin traicionar el carácter propio de nuestras producciones nacionales.
Durante décadas se ha repetido que en México no sabemos hacer cine de acción. Quizá sería más preciso decir que pocas veces se han destinado a ese género los recursos, el oficio y la seriedad que requiere. Las persecuciones, los enfrentamientos y el suspenso no funcionan simplemente porque haya disparos, vehículos a toda velocidad o personajes que corren de un lado a otro. Para que una película de acción resulte convincente necesita ritmo, claridad narrativa y personajes por cuya suerte el espectador pueda interesarse. La captura entiende todo esto y lo ejecuta con notable eficacia.
También cuenta con un reparto extraordinario. Poncho Herrera ha tenido un crecimiento importante como actor. A estas alturas ha quedado muy lejos aquel joven surgido de un fenómeno televisivo y musical. Su carrera posterior demuestra que ha sabido escoger personajes más complejos y construirlos con disciplina. En esta película tiene presencia, fuerza y credibilidad.
Noé Hernández, por su parte, vuelve a demostrar por qué es, desde mi punto de vista, el mejor actor mexicano de su generación. Posee una cualidad que no puede aprenderse del todo en una escuela: cada vez que aparece en pantalla da la impresión de que su personaje llevaba muchos años viviendo antes de que comenzara la película. No necesita grandes discursos ni gestos excesivos. Le bastan una mirada, una pausa o una determinada manera de ocupar el espacio para comunicar peligro, cansancio, inteligencia o dolor.
Héctor Kotsifakis merece una mención especial. Se roba cada escena en la que aparece, incluso cuando comparte la pantalla con actores de enorme presencia. Su trabajo confirma que no existen personajes pequeños cuando detrás de ellos hay un intérprete capaz de dotarlos de vida, personalidad y misterio.
Otro de los grandes aciertos de la cinta es su guion (basado en una crónica de Héctor de Mauleon), escrito por el novelista y periodista Bernardo Esquinca. La historia es sólida, avanza sin tropiezos importantes y construye la tensión de manera efectiva. Pero su mayor virtud es que no pretende copiar servilmente al cine estadounidense. La captura no busca que sus personajes hablen, actúen o se muevan como policías de Los Ángeles o agentes de alguna dependencia federal norteamericana. La historia sucede en México y se siente mexicana, tanto por sus ambientes como por las relaciones de desconfianza entre personajes e instituciones.
Eso no significa que la película renuncie al espectáculo. Al contrario: es emocionante y contundente. Simplemente entiende que el cine de acción mexicano no necesita disfrazarse de Hollywood para resultar atractivo. Puede servirse de los recursos del género y, al mismo tiempo, conservar una identidad propia.
Sin embargo, lo más interesante de La captura no está solamente en sus persecuciones, enfrentamientos o actuaciones, sino en su postura moral frente al crimen organizado. A diferencia de muchas producciones recientes, la película no lo ensalza, no lo romantiza ni intenta justificarlo. Tampoco convierte a los delincuentes en héroes populares que se rebelan contra un sistema todavía peor que ellos. La cinta se coloca, sin demasiadas ambigüedades, del lado de las fuerzas de seguridad.
La decisión resulta particularmente interesante —e incluso paradójica— en un país donde sabemos que numerosos agentes del Estado han colaborado y siguen colaborando con la delincuencia (la cinta ocurre en un Sinaloa pre Rocha Moya). México posee una larga historia de policías corruptos, funcionarios cómplices, militares que cambian de bando e instituciones penetradas por aquellos a quienes deberían combatir. La desconfianza ciudadana no surgió de la nada: ha sido alimentada durante décadas por abusos, traiciones, omisiones e impunidad.
La propia película reconoce esa realidad. Ningún cuerpo de seguridad confía plenamente en los demás. La Marina, la Policía Federal y la Policía Ministerial actúan bajo la sospecha permanente de que en alguna parte existe una filtración o una complicidad. Esa desconfianza no es un artificio narrativo; refleja un problema profundamente mexicano: nuestras instituciones no solamente deben enfrentarse a los criminales, sino también cuidarse unas de otras.
Y, pese a todo, la película decide presentar a integrantes de esas corporaciones como servidores públicos valerosos, competentes y éticos. No son perfectos ni invulnerables, pero están dispuestos a cumplir con su deber. En un panorama audiovisual saturado de capos carismáticos, sicarios convertidos en leyenda y delincuentes presentados como víctimas inevitables de las circunstancias, esta elección resulta casi contracultural.
No sabemos si los acontecimientos ocurrieron exactamente como los narra la cinta. El cine basado en hechos reales siempre reorganiza, simplifica o dramatiza la realidad. Me gustaría pensar, sin embargo, que en lo esencial sucedieron así: que hubo servidores públicos que, a pesar de los riesgos y de la desconfianza, decidieron hacer correctamente su trabajo.
Ojalá La captura sirva como recordatorio de que el Estado mexicano, cuando verdaderamente quiere, puede actuar con inteligencia, coordinación y eficacia. Pero también conviene recordar que el cumplimiento del deber no debería ser una hazaña extraordinaria ni una excepción digna de llevarse al cine. Tendría que ser la conducta cotidiana de nuestras instituciones.
La película puede emocionarnos durante un par de horas. Su mensaje más importante, sin embargo, comienza cuando salimos de la sala: si el Estado puede hacer su trabajo en circunstancias tan difíciles, los ciudadanos tenemos derecho a exigir que lo haga siempre.
-Héctor Pérez Rivera



