Dr. Rebeca Pascacio VázquezOpinión

La violencia evidente nos hace reaccionar; la ambigua nos hace dudar

Hay formas de agresión que reconocemos con facilidad: un insulto, un grito, una amenaza, un golpe. Pero existen otras que llegan disfrazadas de silencio, indiferencia, sarcasmo, victimización o una frase aparentemente inocente pronunciada exactamente donde más duele.

A eso solemos llamar conducta pasivo-agresiva. Y quizá lo más difícil de entender es que no siempre quien la ejerce sabe que lo está haciendo. Podemos haber aprendido a relacionarnos así durante tantos años que la hostilidad se vuelve invisible incluso para nosotros mismos.

Hace poco, una paciente que atravesaba una separación me dijo:

—No sé ni en qué día vivo.

Le pregunté qué más sentía que estaba perdiendo.

—No puedo poner en palabras qué estoy viviendo ni cómo estoy viviendo esta separación. Ni siquiera sé qué versión de mí la está atravesando: la enojada, la que se defiende, la que busca lo mejor… Los reclamos son interminables. Sigo siendo la mala, la indecente, la mala madre. Incluso llegó a decirme: “Yo te perdono, pero espero que tu hijo te perdone cuando se dé cuenta de lo que haces”.

Esa frase se me quedó dando vueltas.

Porque quizá ahí está lo más desconcertante de ciertas relaciones: dejamos de discutir solamente con el otro y empezamos a discutir con nuestra propia percepción.

¿Estoy exagerando? ¿Lo entendí mal? ¿Yo provoqué esto? ¿Soy realmente quien está lastimando?

Cuando esas preguntas se vuelven habituales, la confusión empieza a formar parte del problema.

La conducta pasivo-agresiva aparece cuando existe enojo o resentimiento, pero en lugar de expresarlo directamente encuentra caminos indirectos: decir “no pasa nada” mientras se retira el afecto, aceptar algo para después sabotearlo, castigar con silencio o utilizar sarcasmo en lugar de decir “estoy enojado”.

Por eso aguantarlo todo no siempre significa estar emocionalmente bien. Quien no puede reconocer su enojo puede terminar expresándolo de maneras que tampoco reconoce como agresivas.

Entonces ocurre algo especialmente confuso: una persona reclama, acusa o provoca; la otra intenta explicar, se defiende, se desespera y finalmente explota.

—¿Ves cómo reaccionas? Por eso no se puede hablar contigo.

Responder con insultos o gritos sigue siendo responsabilidad de quien lo hace. Pero si solo observamos los últimos treinta segundos de una interacción, podemos perder de vista todo lo que ocurrió antes.

La culpa puede convertirse en la red invisible que mantiene viva la duda.

Otra paciente, ya separada de su pareja, mantenía contacto con él porque compartían la crianza de sus hijos. Después de una conversación aparentemente tranquila, él comenzó a acusarla de tener un amante y utilizó expresiones sexuales denigrantes. Ella descubrió además que seguía buscando información entre sus pertenencias personales. Se sintió invadida y furiosa y terminó respondiendo con insultos.

Después apareció la pregunta: ¿quién había agredido a quién?

No necesitamos elegir apresuradamente un villano; necesitamos separar las conductas. Invadir la privacidad, controlar o utilizar la intimidad para humillar son agresiones. Responder insultando también lo es.

Una conducta no borra la otra.

Y terminar una relación tampoco significa necesariamente haber terminado su dinámica.

Pero hay otra pregunta, quizá más incómoda: ¿y si quien lo hace soy yo?

Reconocerlo no nos convierte en malas personas; nos hace responsables de aprender otra forma de relacionarnos.

Hay, sin embargo, un punto en el que hablar de comunicación ya no es suficiente.

La conducta pasivo-agresiva no convierte a una persona en homicida, ni una personalidad tranquila o reservada predice violencia. Pero la investigación sobre homicidio de pareja advierte que no debemos preocuparnos únicamente por quienes parecen violentos.

Una revisión internacional estimó que alrededor del 13.5% de los homicidios en el mundo son cometidos por una pareja o expareja, con una afectación desproporcionadamente mayor para las mujeres. La separación aparece además como un periodo especialmente delicado: distintos estudios han relacionado aproximadamente entre 20 y 30% de estos homicidios con procesos de separación.

Esto no es una invitación a vivir con miedo. Es una advertencia contra una falsa tranquilidad: ausencia de gritos no significa ausencia de riesgo. Cuando una separación viene acompañada de control, vigilancia, amenazas o miedo, la prioridad deja de ser resolver la discusión y pasa a ser protegerse.

Salir de estos círculos comienza por sustituir la adivinación por claridad: decir “esto me molesta”, “no estoy de acuerdo” o “prefiero que me digas directamente qué te ocurre”.

Tal vez crecer emocionalmente consista en aprender algo que parece sencillo y no lo es:

Decir “estoy enojado” antes de castigar.

Decir “tengo miedo de perderte” antes de controlar.

Decir “no quiero” antes de sabotear.

Y, del otro lado, comprender que entender el dolor de alguien no nos obliga a permitir que ese dolor nos lastime.

Porque una relación puede terminar y el vínculo conflictivo continuar.

Y a veces la primera forma de salir de él no es descubrir quién ganó la discusión.

Es dejar de participar en el mismo círculo.

Dr. Rebeca Pascacio Vázquez

Médica psiquiatra (UNAM/BUAP) con formación en Psiquiatría Perinatal y más de 11 años de práctica clínica. Dirige SEREMA, proyecto de acompañamiento integral en embarazo y posparto. Atiende ansiedad, depresión, TEPT, TDAH, adicciones y salud mental femenina, combinando neurociencia y humanismo. Esta columna divulga ciencia con lenguaje accesible para promover una vida y relaciones más conscientes.

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