Solo quedamos dos: América Latina gira a la derecha y México está en la orilla

Hace apenas unos años, la llamada “marea rosa” pintaba de izquierda el mapa de América Latina. Hoy, cuando contemplo el escenario regional, veo un panorama que se ha vuelto prácticamente irreconocible. La derecha pasó de gobernar cuatro países a nueve en un lapso alarmantemente corto. Mientras tanto, la izquierda democrática con peso continental se ha reducido a dos expresiones: México y Brasil.
He seguido con honda preocupación cómo Colombia y Perú se convirtieron en las piezas más recientes en caer en este viraje. Abelardo de la Espriella y Keiko Fujimori asumieron las presidencias de sus respectivas naciones con agendas abiertamente centradas en la mano dura, la reducción del papel social del Estado y un alineamiento absoluto con los intereses de Estados Unidos. Con ello, completaron un giro regional que ya venían encabezando Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Daniel Noboa en Ecuador y Rodrigo Paz en Bolivia.
Este cambio estructural no es producto del azar. Lo analizo y reconozco en él una estrategia regional perfectamente coordinada, basada en discursos de orden, disciplina fiscal severa, combate punitivo al narcotráfico y la promesa de que el libre mercado resolverá lo que los gobiernos progresistas dejamos pendiente. Todos estos proyectos comparten un horizonte idéntico: achicar el Estado, multiplicar la presencia policial, abrir las puertas al capital privado desregularizado y replegar los derechos colectivos acumulados durante décadas.
Entre los años 2023 y 2026, once de catorce elecciones presidenciales en la región terminaron inclinándose hacia fuerzas conservadoras. Desde la segunda mitad de la década pasada, vi cómo el fin del boom de las materias primas, sumado a escándalos de corrupción y promesas no cumplidas por diversas administraciones, erosionaron de manera profunda la confianza ciudadana. Las nuevas derechas entendieron este desgaste y supieron utilizar las redes sociales como potentes herramientas de movilización masiva.
Sin embargo, considero que el capítulo más decisivo de esta disputa se está librando en Brasil. El próximo 4 de octubre, 158 millones de brasileños acudirán a las urnas para definir si Luiz Inácio Lula da Silva obtiene un cuarto mandato o si el bolsonarismo, encarnado en Flávio Bolsonaro, retorna al Palacio del Planalto. Las mediciones anticipan un empate técnico en segunda vuelta. A sus 80 años, Lula encarna la viabilidad del pensamiento progresista en todo el continente.
Si Brasil llega a caer, México quedará completamente aislado en el plano regional.
Como integrante de este proyecto de nación, me planteo una interrogante urgente y fundamental: ¿estamos verdaderamente preparados para asumir la condición de ser el único gobierno de izquierda con peso continental en una América Latina dominada por la derecha? La presidenta Claudia Sheinbaum lidera un proyecto que se sostiene como la última trinchera democrática regional. No obstante, sostengo firmemente que ser la última trinchera no significa de manera automática ser la más fuerte; significa ser la postura más expuesta y vulnerable ante los embates externos e internos.
En los tiempos actuales, percibo en México una profunda paradoja. Hacia el exterior, el gobierno federal mantiene firme la narrativa de la transformación, la justicia social, la soberanía energética y la independencia política. Hacia el interior, encuentro que enfrentamos el reto directo de lograr que los triunfos palpables (como el incremento histórico al salario mínimo, las becas universales y las pensiones a adultos mayores) mantengan el mismo peso que el discurso público.
Nuestra gente percibe el alivio en su economía cotidiana, pero también padece el flagelo de la inseguridad, las trabas burocráticas y la lentitud de la justicia. En una época de avance conservador continental, estos vacíos no son neutros: representan espacios que la derecha aprovecha ofreciendo soluciones simplistas e inmediatas. Por esta razón, insisto en que la administración pública tiene la obligación de escuchar con mayor atención e intensidad a toda la ciudadanía, a la gente de a pie que vive y trabaja en los barrios, en los campos, en las aulas y en las fábricas. Sin esa escucha amplia e incluyente, los logros alcanzados corren el peligro de volverse frágiles.
El panorama que avizoro para México no es sencillo. Si Brasil entrega la presidencia al bolsonarismo en octubre, considero inevitable que la presión contra nuestra patria se intensifique en los frentes diplomático, económico y mediático. Una derecha continental articulada, respaldada por liderazgos como Donald Trump, buscará catalogar la Cuarta Transformación como una excepción que requiere ser neutralizada.
Aun así, estoy convencido de que esta coyuntura encierra una gran responsabilidad histórica. Convertirnos en el referente progresista de la región nos exige demostrar con hechos que un modelo alternativo es viables y superior. Esto se logra con resultados medibles: salarios dignos, seguridad efectiva, educación pública de calidad, atención médica universal y democracia real.
El rival más peligroso para la transformación no está en Washington ni en Brasilia; se halla en nuestras propias filas, en la complacencia y en la distancia con las personas que sufren carencias. El próximo 4 de octubre sabremos si seremos dos o uno en esta batalla. Que esta coyuntura nos encuentre con unidad de propósito, vigilancia constante y alineados con el bienestar del pueblo.
-Pablo Trejo Pérez. Diputado local por el Distrito 15 de Iztacalco
X: @PabloTrejoizt



