Quise ayudarte y al final nos rompimos

Te pongo sobre la mesa algo profundamente humano: quise ayudarte, abrí la puerta y recibí a cambio una traición.
¿Qué hacemos con eso? ¿Dejamos de ayudar o aprendemos a hacerlo de otra manera?
En Los miserables, Victor Hugo cuenta la historia de Jean Valjean, un hombre que sale de
prisión después de diecinueve años, solo, hambriento y rechazado.
El obispo Myriel lo recibe, le da comida y un lugar para dormir. Esa misma noche, Valjean le
roba la platería y huye.
Cuando la policía lo atrapa, Myriel podría acusarlo. En cambio, asegura que la plata había sido
un regalo y todavía le entrega dos candelabros más. Aquel gesto terminará cambiando la vida
de Valjean.
Pero detengámonos antes:
el hombre al que Myriel ayudó también fue el hombre que le robó.
Ayudar nos hace vulnerables.
Schopenhauer pensaba que la compasión aparece cuando el sufrimiento del otro deja de
parecernos completamente ajeno: su dolor, de alguna manera, también nos concierne.
La neurociencia encuentra algo parecido. Nuestro cerebro puede representar lo que otro siente
—casi como una realidad virtual mental—, responder a su sufrimiento y motivarnos a actuar.
Y hay algo todavía más interesante:
ayudar también puede sentirse bien.
Dar, cooperar y cuidar involucran circuitos relacionados con la recompensa. Existe incluso una
expresión para esa sensación agradable después de ayudar: warm glow, el “resplandor
cálido”.
Pero ahí comienza también una contradicción.
Hay personas para quienes decir “no” produce una culpa enorme. Se sienten responsables del
bienestar de quienes aman, siguen disponibles aunque estén agotadas y resuelven problemas
que no les corresponden.
Necesito ayudarte para sentir que soy buena persona. Necesito resolverte la vida para calmar mi culpa. Necesito que me necesites para saber quién soy.
Entonces cuidar puede convertirse en rescatar.
Y ayudar a alguien no debería significar desaparecer para sostenerlo.
Puedo comprender tu dolor sin justificar que me lastimes. Puedo acompañarte sin resolverte la vida. Puedo reconocer tu vulnerabilidad sin entregarte la mía.
Porque existe una realidad incómoda: la vulnerabilidad también puede ser explotada.
Aquello que nos permite confiar, empatizar y cuidar también puede convertirse en una puerta
de entrada para la manipulación. Hay quien reconoce rápidamente quién no sabe decir que no,
quién siente culpa al poner límites o quién necesita sentirse indispensable.
Somos una especie hecha para cooperar. No para dejarnos explotar indefinidamente.
Y ayudar demasiado también puede tener consecuencias. Si resolvemos constantemente los
problemas de alguien, podemos impedir que aprenda a resolverlos. Si evitamos cada dificultad
a nuestros hijos, podemos quitarles oportunidades para desarrollar autonomía. Y si
sostenemos indefinidamente a quien podría empezar a sostenerse, podemos alimentar su
dependencia.
Entonces aparece la paradoja:
el rescatador necesita ser necesario y el rescatado aprende que alguien vendrá a salvarlo.
Los dos quedan atrapados.
Por eso poner límites no siempre significa dejar de amar.
La psicóloga Kristin Neff, desde sus investigaciones sobre autocompasión, propone algo que
parece sencillo pero no siempre lo es: tratarnos con la misma humanidad que ofrecemos a quienes queremos.
Tal vez cuidar sanamente sea eso:
acercarme a tu dolor sin tener que convertirme en él.
Y vuelvo a Myriel.
Abrió su puerta a Jean Valjean y Jean Valjean le robó.
Que alguien haya utilizado nuestra bondad en nuestra contra no significa que haber sido
bondadosos haya sido un error.
Pero tampoco significa que debamos dejar la puerta abierta para siempre.
Nuestra capacidad de cuidar nos hizo humanos. Nuestra capacidad de discernir evita que el cuidado nos destruya.
No tenemos que vivir con la puerta cerrada para que nadie pueda lastimarnos. Tampoco
mantenerla abierta para demostrar que somos buenas personas.
Quizá aprender a cuidar consista precisamente en eso:
saber a quién abrirle la puerta, cuánto tiempo dejarla abierta y, cuando sea necesario, tener la valentía de cerrarla.



