Opinión

Soledad: el peso invisible que cambia tu cerebro

Durante mucho tiempo pensé que el cansancio era una consecuencia inevitable de la vida adulta.

Entre el consultorio, la maternidad y los proyectos, las amistades fueron quedando para «cuando hubiera tiempo». Ese momento nunca llegaba.

Hace unos meses volví a hacerles espacio. Lo que más me sorprendió no fue sentirme acompañada.

Fue descubrir que descansaba.

Como psiquiatra paso gran parte de mi vida escuchando a otras personas. Es un privilegio enorme, pero la relación terapéutica tiene una frontera necesaria. Tal vez por eso había olvidado cuánto necesitaba estar con personas frente a quienes no tenía que desempeñar ningún papel.

Entonces entendí que aquello que estaba sintiendo no era solamente una emoción.

Era biología.

El neurocientífico John Cacioppo, fundador de la neurociencia social, dedicó su carrera a estudiar la soledad y llegó a una conclusión fascinante: la necesidad de conectar con otras personas es una necesidad biológica, tan fundamental como el hambre o la sed. La soledad no aparece para castigarnos; aparece como una señal de alarma que indica que algo indispensable para nuestro equilibrio está faltando.

Cuando esa alarma permanece encendida durante demasiado tiempo, aumentan el estrés, la inflamación y el riesgo de depresión, ansiedad, enfermedad cardiovascular y deterioro cognitivo.

La neurocientífica Naomi Eisenberger encontró otro dato revelador. Cuando una persona experimenta rechazo o exclusión social se activa la corteza cingulada anterior dorsal, una región cerebral implicada también en el componente emocional del dolor físico. Cuando decimos que una amistad rota o un rechazo «nos dolió», el cerebro no entiende esa frase como una metáfora.

Para él, realmente duele.

En consulta he comenzado a notar un patrón que también reconocí en mí. Muchas personas no están aisladas porque no deseen compañía.

Están aisladas porque trabajan demasiado, cuidan a otros y llegan al final del día sin tiempo, paciencia ni energía para llamar a un amigo.

Ahí aparece una de las trampas más silenciosas de la soledad.

Mientras más solos nos sentimos, menos energía tenemos para salir o aceptar una invitación. Esperamos sentirnos mejor para volver a buscar a quienes queremos, sin advertir que, muchas veces, volver a buscarlos es precisamente parte de lo que nos ayudaría a sentirnos mejor.

La soledad termina alimentándose de sí misma.

Existe otro hallazgo que me parece profundamente esperanzador.

El antropólogo Robin Dunbar descubrió que nuestro cerebro tampoco está diseñado para sostener cientos de relaciones profundas. Las amistades se organizan en círculos: solemos tener apenas entre tres y cinco personas verdaderamente íntimas; alrededor de quince buenos amigos; unas cincuenta personas con quienes mantenemos contacto frecuente y, finalmente, cerca de ciento cincuenta relaciones sociales estables.

No necesitamos más personas.

Necesitamos cuidar mejor a las que ya tenemos.

Vivimos en una época que nos enseñó a cuidar el colesterol, la glucosa, el sueño y el ejercicio.

Todo eso importa.

Pero pocas veces hablamos de la amistad como un determinante de la salud.

Tal vez por eso muchos adultos repetimos durante años la misma frase:

«Tenemos que vernos.»

Y pasan meses.

A veces años.

La vida adulta nos convenció de que cuidar a los amigos era un lujo.

La neurociencia dice otra cosa.

El cerebro no fue diseñado para sobrevivir solo; fue diseñado para regresar a los otros.

Dr. Rebeca Pascacio Vázquez

Médica psiquiatra (UNAM/BUAP) con formación en Psiquiatría Perinatal y más de 11 años de práctica clínica. Dirige SEREMA, proyecto de acompañamiento integral en embarazo y posparto. Atiende ansiedad, depresión, TEPT, TDAH, adicciones y salud mental femenina, combinando neurociencia y humanismo. Esta columna divulga ciencia con lenguaje accesible para promover una vida y relaciones más conscientes.

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