El rock, los Muppets y la educación

Un riff de siete notas, dos orquestas, un director venezolano y una criatura de peluche llamada Animal fueron suficientes para recordar que la cultura popular puede hacer cosas que los discursos institucionales rara vez consiguen: reunir a millones de personas alrededor de una causa sin pedirles que lean primero el documento ejecutivo.
Durante el primer espectáculo de medio tiempo en la historia de una final de la Copa del Mundo, Gustavo Dudamel dirigió a músicos de la Filarmónica de Nueva York y de la Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela mientras The Electric Mayhem, la banda de los Muppets, interpretaba Seven Nation Army. La batería quedó, naturalmente, en manos de Animal. Pocas veces una combinación tan improbable había parecido tan lógica.
La canción de The White Stripes no fue compuesta para el fútbol. Jack White la escribió en 2003 sin imaginar que terminaría convertida en uno de los idiomas oficiales de los estadios. Ese mismo año, aficionados del Club Brujas la escucharon en un bar de Milán antes de un partido contra el AC Milan. Salieron a la calle cantando el riff y lo llevaron a la tribuna. La afición italiana lo adoptó después y el Mundial de 2006 terminó de convertirlo en patrimonio futbolístico de la humanidad.
Desde entonces, cuando cae un gol, miles de personas que no hablan el mismo idioma pueden ponerse de acuerdo en siete notas: “Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh”. Es una traducción simultánea de la euforia.
Las instituciones suelen invertir millones para fabricar himnos oficiales que caducan antes de que termine el torneo. Seven Nation Army hizo el recorrido contrario. No necesitó un comité creativo, una estrategia de posicionamiento ni un futbolista pronunciando la palabra “pasión” frente a una pantalla verde. Fue elegida por la gente. Pasó de un dúo de garage rock de Detroit a un bar italiano, del bar a la tribuna y de la tribuna al mundo.
Esa apropiación explica por qué puede considerarse el último gran himno del rock. No necesariamente la última gran canción —el rock se niega a recibir el certificado de defunción que le expiden cada ciertos años—, sino la última melodía capaz de escapar de su autor, su género y su época para convertirse en una experiencia colectiva.
Una canción alcanza la trascendencia cuando deja de pertenecerle por completo a quien la compuso. Muchos aficionados que corean Seven Nation Army no conocen a Jack White, nunca han escuchado completo el álbum Elephant y acaso ignoran que el sonido que parece un bajo fue producido con una guitarra. Nada de eso importa. El riff ya no requiere ficha técnica. Lo mismo puede ser una amenaza, una celebración, un llamado a resistir o la música de fondo para abrazar a un desconocido después de un gol.
Pero el espectáculo de la final hizo algo más extraño: devolvió la canción a los instrumentos sin domesticarla.
Era razonable temer que un arreglo sinfónico convirtiera el riff en música para elevador de un hotel costoso. O que los Muppets redujeran la interpretación a una broma. Ocurrió lo contrario. Dudamel, la Filarmónica de Nueva York, la Sinfónica Simón Bolívar y The Electric Mayhem hicieron que la canción sonara monumental y, al mismo tiempo, conservara su irreverencia. Sonó legendaria.
El rock no perdió fuerza al mezclarse con una orquesta. Tampoco perdió dignidad al ser interpretado por títeres. Demostró que su poder no depende de una chamarra de cuero, un amplificador al máximo volumen o la edad de quienes lo escuchan. El rock sigue vigente cuando puede pasar de dos músicos vestidos de rojo, blanco y negro a decenas de intérpretes dirigidos por Dudamel, ser tocado por una marioneta frenética y continuar provocando el mismo impulso elemental: levantar el puño y cantar.
La presencia de los Muppets tampoco fue un adorno infantil. Formó parte de un espectáculo destinado a dar visibilidad al Fondo FIFA–Global Citizen para la Educación, creado para ampliar el acceso de niñas y niños a una educación de calidad y a oportunidades vinculadas con el deporte. La meta anunciada fue recaudar cien millones de dólares; por cada boleto vendido para el Mundial, un dólar se destinó al fondo. Antes de la final, la iniciativa ya había reunido más de treinta millones y otorgado apoyos a organizaciones comunitarias.
Conviene mantener una saludable desconfianza ante cualquier organismo multimillonario que descubre una causa social mientras las cámaras están encendidas. La filantropía no sustituye la responsabilidad, y ninguna gala puede absolver las contradicciones de la FIFA. Sin embargo, el escepticismo tampoco debería impedirnos reconocer una acción útil. Si el espectáculo consiguió que millones de personas supieran que existe un fondo educativo y ayudó a reunir recursos para comunidades excluidas, entonces las siete notas cumplieron una función que desbordó el estadio.
La educación no es una concesión generosa de gobiernos, empresas u organizaciones deportivas. Es un derecho humano. Esto significa que no debería depender del país en el que nace una niña, del ingreso de su familia, de si vive en una comunidad rural, atraviesa una guerra, tiene alguna discapacidad o puede pagar una conexión a internet. Un derecho no es un premio para quien tuvo suerte: es una obligación colectiva.
También significa que educar es mucho más que conseguir un lugar dentro de un salón de clases. Se necesita una enseñanza de calidad, segura, inclusiva y culturalmente pertinente. Hace falta que las niñas puedan estudiar sin discriminación; que los niños refugiados no pierdan su futuro junto con su casa; que la pobreza no obligue a abandonar la escuela; que las diferencias lingüísticas, físicas o sociales no sean tratadas como defectos.
En esa tarea, los personajes creados por Jim Henson tienen una autoridad que ningún improvisado embajador de buena voluntad podría reclamar.
Los Muppets de Sesame Street, conocido en buena parte de América Latina como Plaza Sésamo, llevan más de medio siglo demostrando que aprender no tiene por qué ser un castigo. Han enseñado letras y números, pero también empatía, convivencia, hábitos de salud y respeto por las diferencias. Sus programas y proyectos se han adaptado a distintas lenguas y contextos, incluidos aquellos marcados por el desplazamiento y los conflictos armados. Sesame Workshop reporta presencia en 150 países y un alcance acumulado de mil millones de niñas, niños y adultos.
El gran hallazgo de Plaza Sésamo fue comprender que una criatura peluda puede enseñar sin hablar desde arriba. Elmo no se presenta como autoridad; pregunta. El Comegalletas se equivoca. Oscar demuestra que el mal humor también forma parte de la diversidad humana. La Rana René (me niego a decirle Kermit) intenta mantener el orden en un mundo que insiste en desafinar. Sus personajes no educan porque sean perfectos, sino porque convierten la curiosidad, el humor y el error en instrumentos de aprendizaje.
En cierto modo, el rock y Plaza Sésamo comparten un principio pedagógico: para escuchar algo nuevo, primero hay que sentirse invitado.
Por eso la escena de Dudamel dirigiendo a las orquestas y a los Muppets tuvo una fuerza que desbordó su extravagancia. Un director formado en el Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela —un proyecto nacido de la idea de que la música puede ser un instrumento de inclusión— dirigió una canción creada en un garaje, adoptada por aficionados anónimos y ejecutada junto a personajes que han educado a generaciones.
Todo estaba conectado: la música popular, la formación artística, el juego, el fútbol y el derecho a aprender.
Podemos discutir si una final necesita un espectáculo de medio tiempo o si el fútbol corre el riesgo de convertirse en una mala imitación del Super Bowl. Podemos cuestionar la duración de la pausa, la acumulación de celebridades y la facilidad con la que las grandes organizaciones convierten las causas sociales en escenografía. Son discusiones necesarias.
Pero durante unos minutos ocurrió algo difícil de negar. El rock volvió a probar que no es una pieza de museo. Los Muppets recordaron que la educación también puede entrar por la risa. Y una multitud que normalmente canta para celebrar goles fue convocada a pensar en quienes todavía esperan una oportunidad para entrar a una escuela.
Tal vez ese sea el poder más profundo de un himno: no obligarnos a marchar al mismo paso, sino conseguir que personas distintas reconozcan por un instante una causa común.
Una canción por sí sola no puede garantizar el derecho a la educación. Pero puede reunir a la multitud, llamar su atención y recordarle que hay batallas que no se ganan en una cancha.
Y si siete notas pueden atravesar fronteras, idiomas, generaciones, orquestas y especies de peluche, quizá también puedan ayudarnos a escuchar a millones de niñas y niños que siguen esperando que el mundo cumpla su parte.



