Servir sin colores: la odisea de apoyar a la comunidad LGBTTTIQ+ en la Cuauhtémoc

A lo largo de los años en el servicio público y social, uno aprende a lidiar con la burocracia, los presupuestos apretados y las jornadas agotadoras, a pesar de ello, trabajar directamente con la población LGBTTTIQ+ en la alcaldía Cuauhtémoc —corazón palpitante, diverso y convulso de la Ciudad de México— ha sido una de las experiencias más enriquecedoras y a la vez, uno de los mayores retos en mi vida.
Aun así, nada te prepara del todo para el impacto de ver cómo la politiquería busca meterse con un apoyo económico destinado a quienes históricamente han vivido en los márgenes.
Caminar las calles de colonias como la Doctores, la Guerrero o la Juárez me permitió mirar de frente realidades desgarradoras: mujeres trans desplazadas de sus familias desde la adolescencia, y personas vulnerables de nuestra comunidad que viven con VIH o Hepatitis C, enfrentando no sólo el estigma de su diagnóstico, sino la falta constante de suministros médicos, oportunidades laborales y, por ende, acceso a recursos económicos que les permitan subsistir con dignidad.
Para muchas de ellas, los apoyos económicos cuya primera remesa fue dispersada esta semana por la alcaldía al mando de Alessandra Rojo de la Vega, no son un «dinerito extra»; representan literal y metafóricamente la supervivencia diaria. El verdadero reto no fue el despliegue logístico ni la censualización. El golpe más duro vino de donde menos debió surgir: la mezquindad política dentro de la misma comunidad a la que se pretendió beneficiar.
En cuanto el programa comenzó a tomar forma, los reflectores partidistas se encendieron. De pronto, un programa diseñado desde la empatía y los derechos humanos se convirtió en un botín. Presiones para alterar padrones, intentos de apropiación de los eventos para convertirlos en pasarelas electorales, y bloqueos administrativos velados cuando se dejaba claro que la ayuda se distribuía por necesidad, no por filiación política.
Resulta indignante ver cómo la salud de una persona con VIH o la estabilidad de una mujer trans pueden ser reducidas a un simple cálculo de «rentabilidad electoral». Politizar la vulnerabilidad de las personas es una forma de violencia institucional. Mientras los actores políticos discuten sobre quién se cuelga la medalla o cómo usar la causa para golpear al adversario en turno, las personas en las filas de espera siguen necesitando sus medicamentos y recursos para pagar la renta.
Pese a las zancadillas y la tensión, logramos cumplir el objetivo. Lo hicimos gracias a la fuerza de la propia comunidad, que sabe resistir y organizarse mejor que nadie. Aprender a tejer alianzas directamente con las colectivas, blindar la entrega de apoyos para que llegaran sin etiquetas ni sesgos partidistas y sostener la mirada a quienes atendíamos con la certeza de que estábamos haciendo lo correcto, fue la única brújula posible.
Esta experiencia en la Cuauhtémoc me dejó una lección definitiva: la diversidad y los derechos humanos no tienen partido. Quien intente condicionar la dignidad humana por un voto o interés de un grupo político o personaje, no solo le falla a la administración pública; le falla a la empatía más básica. La ayuda a los sectores más vulnerados debe ser siempre un puente de justicia social, nunca una trinchera política.



