¿Puede el fútbol no ser político?

Entre la camiseta nacional, la seducción del débil y las causas que proyectamos sobre nuestros ídolos.
Este domingo, Argentina y España jugarán la final del Mundial. La publicidad anuncia un duelo entre Messi y Lamine Yamal, como si los otros veinte futbolistas fueran extras de una superproducción. Pero ninguna final enfrenta solamente dos alineaciones. También pone frente a frente banderas, memorias, prejuicios y distintas maneras de imaginar una nación.
Decir que el fútbol es político no significa averiguar si el árbitro vota por la izquierda o si el centro delantero simpatiza con la derecha. Significa reconocer que, cuando elegimos a quién apoyar, rara vez nos limitamos a calificar pases, goles y sistemas tácticos. En la tribuna —incluida esa tribuna doméstica que forman un sillón, una pantalla y un plato de botanas— también se vota.
¿Es nacionalismo apoyar a nuestra selección sin importar cómo juegue? Durante el Mundial, millones de mexicanos suspendimos nuestras diferencias para vestir la misma camiseta. Un académico de la UNAM describió el fenómeno como una tregua en la polarización social. No desaparecieron la inseguridad, la desigualdad ni las disputas políticas. Sencillamente, durante noventa minutos dejamos de preguntarnos por quién había votado el desconocido al que abrazamos después de un gol.
La tregua tuvo algo conmovedor y algo inquietante. Demostró que todavía podemos reconocernos como parte de una comunidad, aunque para lograrlo necesitemos once jugadores, tres árbitros y un enemigo claramente identificable. ¿Por qué la unidad que parece imposible frente a una tragedia nacional surge espontáneamente alrededor de una pelota?
Las contradicciones aumentan cuando México queda eliminado y debemos adoptar una segunda patria futbolística. ¿Apoyamos a Noruega porque admiramos sus políticas de derechos humanos, su Estado de bienestar y sus bajos niveles de corrupción, o porque Erling Haaland parece haber sido fabricado por una empresa escandinava especializada en goles? ¿Queremos a Kylian Mbappé por su velocidad o porque encarna una Francia diversa y ha tomado posiciones públicas contra el racismo y sobre la realidad social de su país?
Probablemente por ambas razones. En el fútbol, el jugador y lo que representa terminan siendo inseparables. Pelé fue más que sus goles; Maradona no puede entenderse sin su origen popular, sus excesos y sus posturas políticas; Messi representa una manera de jugar, pero también la historia del niño que salió de Rosario para conquistar Europa. Los admiramos por lo que hacen con el balón y por las biografías que nosotros mismos les atribuimos. Todo gran futbolista termina convertido en una metáfora que cobra regalías.
¿Deberíamos, entonces, ir contra las selecciones de las potencias económicas o de los países cuyos gobiernos censuramos? En ese caso, antes de cada partido tendríamos que consultar indicadores de desigualdad, antecedentes militares y reportes de derechos humanos. La tabla de posiciones sería sustituida por una sesión de Naciones Unidas, posiblemente con el mismo número de empates.
Pero tampoco somos neutrales. Nos seduce el rival más débil porque su triunfo altera, aunque sea durante unos minutos, el orden establecido. Por eso Cabo Verde fue una de las grandes historias del torneo. Antes del Mundial, mucha gente no sabía ubicarlo en el mapa. Después de empatar con España y llevar al límite a Argentina en uno de los mejores partidos de la competencia, un pequeño país africano obligó al mundo a aprender su nombre.
Apoyar a Cabo Verde fue apreciar el buen fútbol, pero también participar en un acto político elemental: desear que el pequeño incomode al poderoso. David contra Goliat sigue siendo una trama irresistible porque ofrece una esperanza que la vida cotidiana suele negarnos. Queremos creer que el dinero, la población, la infraestructura y la historia no determinan de antemano el resultado. Por desgracia, el futbolista débil necesita jugar un partido perfecto; al poderoso suele bastarle una genialidad en tiempo extra.
Esa rebeldía ocurre, además, dentro de una industria multimillonaria. El Mundial vende patriotismo, derechos de transmisión, camisetas, turismo y cerveza. Los gobiernos lo utilizan para proyectar poder; las empresas, para conquistar mercados; la FIFA, para administrar emociones nacionales con la eficacia de un banco central. Hasta la pasión más espontánea acaba patrocinada por una marca.
Eso no vuelve falsa nuestra alegría. El abrazo con un desconocido después de un gol es auténtico. También lo es el orgullo de ver competir a quienes llevan los colores del país. El problema empieza cuando confundimos la selección con el gobierno, el patriotismo con la obediencia o la fiesta con la obligación de guardar silencio ante la realidad.
El fútbol no sustituye a la política: la representa en pantalones cortos. Exhibe nuestras lealtades, prejuicios y aspiraciones. Revela cuánto necesitamos pertenecer y cuánto deseamos que el débil pueda derrotar al fuerte. Nos permite ensayar una comunidad que, durante un partido, parece más unida, generosa y esperanzada que la sociedad a la que regresamos cuando termina la transmisión.
El domingo habrá un campeón. Sin embargo, el resultado más interesante no aparecerá en el marcador, sino en las razones —deportivas, emocionales, sociales y políticas— por las que cada uno decidió ponerse de un lado.
Después de todo, si podemos unirnos para defender una portería, ¿por qué nos cuesta tanto hacerlo para defender una causa común?



