Opinión

La FIFA y el balón del pueblo

México ganó, y por unas horas, hizo lo que pocas cosas logran: detener a la gente para ver fútbol.

En las casas, en las calles, volvió a aparecer esa emoción colectiva que sólo provoca el balón cuando deja de ser mercancía y vuelve a convertirse en identidad. Esa alegría, sin embargo, contrasta con el modelo que hoy domina el fútbol mundial.

Hace casi dos siglos, Víctor Hugo escribió Los Miserables, una obra que retrata cómo las élites pueden construir instituciones que terminan sirviendo al poder antes que a las personas. Los personajes más ricos aparecen moralmente empobrecidos, mientras que entre los más humildes florecen la solidaridad, la dignidad y la esperanza.

La obra revela las miserias de los poderosos, de las élites y de las burocracias. La riqueza hace miserables a personajes codiciosos, oscuros y brutales; en contraste, entre los débiles, los vulnerables y los aparentemente desechables de la sociedad, brotan manantiales de virtud.

La comparación no pretende exagerar, sino evidenciar una realidad: el fútbol, que nació como un juego popular, hoy es administrado por una de las maquinarias económicas más poderosas del planeta.

La FIFA convirtió el Mundial en una extraordinaria fábrica de dinero. Tiene una capacidad de organización impresionante, nadie puede negarlo. Ha construido el evento deportivo más importante del planeta.

Pero mientras las ganancias se cuentan en miles de millones de dólares, muchos aficionados enfrentan boletos inaccesibles, ciudades cercadas, espacios públicos restringidos y una experiencia cada vez más diseñada para el consumo que para la convivencia.

Paradójicamente, quienes sostienen la grandeza del fútbol siguen siendo los de siempre: la gente. Los niños que juegan en una calle de tierra. Las mujeres que organizan torneos en sus colonias.

Los jóvenes que ocupan una cancha deteriorada antes que una esquina dominada por la violencia. Los padres que cada fin de semana acompañan a sus hijos sin esperar contratos millonarios ni derechos de transmisión. Ellos son el verdadero patrimonio del fútbol.

La victoria de México frente a República Checa recordó algo que a veces olvidamos: el éxito deportivo no comienza en los palcos de la FIFA, sino en las canchas de barrio. Ninguna selección puede aspirar a competir con las grandes potencias si antes no existe una enorme base social practicando deporte. Por eso el legado del Mundial de 2026 no puede reducirse a las ganancias multimillonarias, sino a un proyecto futbolístico de transformación para México.

Así como la Cuarta Transformación colocó en el centro del debate la necesidad de poner primero al pueblo, el fútbol mexicano necesita una transformación que ponga primero a quienes lo juegan y lo viven.

Que el presupuesto llegue a los deportivos comunitarios antes que a los grandes negocios; que recuperemos las canchas públicas privatizadas; que existan cientos de ligas infantiles y juveniles; que el balón llegue gratuitamente a millones de niñas y niños; que cada colonia tenga un espacio digno para practicar deporte.

Porque el verdadero triunfo será construir un país donde el fútbol vuelva a pertenecer
al pueblo.

Gerardo Villanueva

Gerardo Villanueva Albarrán. Egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM. Diputado local por el Distrito 32 de Coyoacán en el Congreso de la Ciudad de México (Morena). Cuenta con más de 35 años de trayectoria en la vida política y social, especialista en vivienda y desarrollo urbano. Sus columnas reflejan su punto de vista personal y no representan la línea editorial de este medio.

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