Mtra. Odette Muñoz EspinosaOpinión

El pacto de silencio: Cuando la familia protege al agresor y calla a la víctima

El hogar debería ser el espacio más seguro para cualquier persona, pero quienes analizamos expedientes y litigamos en las salas de oralidad sabemos que, estadísticamente, suele ser el escenario más frecuente de los delitos sexuales. Detrás de esta dolorosa realidad se esconde un fenómeno silencioso que nutre la impunidad y perpetúa el abuso: el «familiarismo».

El familiarismo, en el contexto de la violencia sexual, es la priorización absoluta de la reputación, la unidad y el falso «honor» de la familia por encima de la integridad física y psicológica de la víctima. Es un mecanismo perverso que opera bajo una regla no escrita, pero profundamente arraigada: los problemas de la casa se resuelven y se quedan en la casa.

Cuando una víctima decide romper el silencio y revelar la agresión a su círculo más íntimo, la respuesta rara vez es el apoyo incondicional. Por el contrario, frecuentemente choca contra un muro de incredulidad. La familia suele dudar de la víctima y volcar su credibilidad hacia el agresor. Frases como «él sería incapaz», «seguro lo malinterpretaste» o «estás exagerando», buscan neutralizar el señalamiento. Al desacreditar a la víctima, el núcleo familiar no solo la abandona, sino que fortalece la posición de poder del victimario, dándole luz verde y reforzando las tácticas de intimidación que este utiliza para perpetuar el ciclo de violencia sexual.

Bajo esta dinámica, se le exige callar para mantener intacta la fachada de un hogar funcional, obligándola a convivir con su agresor. Este pacto de silencio tiene consecuencias letales. Por un lado, somete a la víctima a una revictimización constante y a un aislamiento profundo, convenciéndola de que denunciar es un acto de traición. Esto explica, en gran medida, por qué muchas personas tardan años —incluso décadas— en llegar ante una autoridad. El rezago en la denuncia no es un indicio de falsedad, como frecuentemente se pretende argumentar; es el reflejo del tiempo y el esfuerzo titánico que toma sobrevivir, procesar el trauma y romper las cadenas de la presión familiar.

Por otro lado, este mismo entorno de coerción explica uno de los fenómenos más complejos que enfrentamos en el proceso penal: la retractación. Si la víctima logra vencer las barreras iniciales y acude a denunciar ante el Ministerio Público, la presión del familiarismo no se detiene; de hecho, se intensifica brutalmente. A la víctima se le imponen cargas emocionales insostenibles: «vas a destruir a la familia», «piensa en el escándalo», o «le vas a arruinar la vida».

Ante la amenaza de perder a todo su sistema de apoyo, enfrentarse al rechazo absoluto o incluso quedarse sin sustento económico, muchas víctimas terminan por retractarse o cambiar su declaración. Es vital que la sociedad entienda esto: en los delitos de violencia sexual intrafamiliar, la retractación procesal casi nunca ocurre porque el hecho sea falso, sino porque el costo psicológico y material de sostener la verdad frente a toda su familia resulta humanamente insoportable.

Mientras tanto, el familiarismo actúa como un escudo de impunidad absoluta para el agresor. Al saberse respaldado por los suyos y al ver que sus tácticas de intimidación son solapadas, el victimario continúa operando sin consecuencias, amparado en la certeza de que el propio tejido familiar será su primera y mejor defensa.

Desde la trinchera del Sistema Penal Acusatorio, combatir este fenómeno exige que quienes operamos la justicia —jueces, fiscales, asesores jurídicos y defensores— comprendamos a fondo estas dinámicas de poder. Cuando un caso logra cruzar la puerta de los tribunales, no podemos juzgar el comportamiento de la víctima bajo estándares de lo que socialmente se consideraría una «reacción normal».

Aquí es donde la prueba científica recobra su valor ineludible. Los peritajes forenses, especialmente en psicología y trabajo social, son herramientas vitales para explicarle a un juez cómo el sometimiento familiar anuló la voluntad de la víctima, por qué la incredulidad de los suyos la mantuvo en silencio, y cómo la presión del entorno la orilló, incluso, a retractarse en un inicio.

Para erradicar la inmensa cifra negra de delitos sexuales, debemos dejar de romantizar a la familia como una institución intocable cuando esta encubre la violencia. La justicia no puede detenerse en la puerta de la casa. Romper el pacto de silencio es el primer paso indispensable para garantizar que las sentencias se dicten con base en la evidencia y los derechos humanos, sin importar los lazos de sangre.

-Mtra. Odette Muñoz Espinosa

Mtra. Odette Muñoz Espinosa

Licenciada en Derecho especializada en delitos sexuales, con maestrías en Juicio de Amparo y Derecho Probatorio (Universidad de Barcelona), y candidata a doctora por INDECAJ. Cuenta con amplia formación internacional en delitos sexuales, abuso infantil y violencia de género, con estudios en Argentina, Colombia, Chile y España. Coordinó los primeros seminarios sobre Delitos Sexuales del Colegio de Profesoras y Profesores de Derecho Penal de la UNAM, y es coordinadora y autora de la obra colectiva "La aplicación de las Ciencias Forenses en los Delitos sexuales". Reconocida en 2025 como una de las Abogadas más Influyentes de México por Foro Jurídico, es socia fundadora del despacho Muñoz Espinosa Abogados Penalistas, especializada en asesoría y defensa en delitos sexuales con perspectiva de género.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba