Síndrome del p3ne menguante

Hay una frase que escucho seguido en el consultorio dicha casi en susurro, con cara de velorio, pero al mismo tiempo con una risa nerviosa: «Doctor, siento que se me está haciendo chiquito». La confiesan bajito, como quien admite que se comió el último pan de la canasta. Y aunque suena a capítulo de La Rosa de Guadalupe, el síndrome del p3ne menguante existe… más o menos.
En el sudeste asiático tiene nombre: Síndrome de Koro. Consiste en la convicción de que el p3ne se está metiendo al cuerpo y que, si desaparece del todo, viene la muerte. En 1967, en Singapur, corrió el rumor de que comer carne de cerdo provocaba el mal. Cientos de hombres llegaron a urgencias sujetándose el asunto con pinzas, ligas o con la mano solidaria de algún familiar. Tranquilo: el pene no se va a ir a ningún lado. No tiene a dónde.
Lo que sí ocurre es que puede verse más pequeño, y a veces serlo. Estos son los sospechosos de siempre:
1. La panza. La grasa del pubis se traga la base como arena movediza. A grandes rasgos, por cada 15 kilos de más se «esconden» un par de centímetros. La buena noticia: no se perdió, está escondido. Bajar de peso es la cirugía de alargamiento más barata del mundo.
2. El frío y los nervios. Alberca helada, aire acondicionado en la oficina, examen de manejo… y el pene se repliega como tortuga asustada. Es un reflejo normal y regresa cuando se le pasa el susto.
3. Los años y el cigarro. Con la edad y el tabaco, las arterias se endurecen y el tejido eréctil pierde elasticidad. Aquí aplica el viejo dicho: lo que no se usa, se atrofia. Las erecciones nocturnas son el gimnasio del p3ne; lo oxigenan mientras duermes, sin pagar mensualidad.
4. Enfermedades y cirugías. La enfermedad de Peyronie (una cicatriz que lo curva y lo acorta), la testosterona baja o la cirugía de próstata sí pueden restar centímetros reales. Estos casos tienen tratamiento y merecen consulta.
Antes de entrar en pánico, un dato: un estudio que midió a más de 15 mil hombres encontró que el promedio en erección es de 13 centímetros. No los 20 del cine para adultos, que tiene la misma relación con la realidad que Rápido y Furioso con el tráfico de Periférico.
Y ojo con las soluciones mágicas: pastillas que «alargan», bombas compradas en el tianguis o inyecciones de aceite con «un señor que sabe». Lo único que crece con eso es la cuenta… y peor las complicaciones.
Mi receta es sencilla: baja la panza, deja el cigarro, muévete y duerme bien. Si notas que de verdad cambió de tamaño o de forma, ve al urólogo. Ahí nadie se ríe: para eso existe esta columna.
-Dr. Diego Preciado Estrella



