Dr. Rosendo Gómez HernándezOpinión

No fue mi intención

—Lo detuvieron en el alcoholímetro. Tú eres abogado, haz algo.

La petición llegó antes que los detalles. Después de una reunión, una persona decidió conducir tras haber bebido. No viajaba sola. La autoridad la detuvo y le impuso un arresto administrativo.

No esperaban una revisión del procedimiento ni de sus derechos. Querían algo aparentemente más sencillo: que, por ser abogado, hiciera desaparecer la consecuencia.

Respondí que la mejor manera de evitar el alcoholímetro era no beber. No fue arrogancia. Me molestó que la detención fuera vista como un problema provocado por la autoridad y no como el resultado de una decisión personal.

Después precisé: beber no era el problema jurídico; conducir después de hacerlo sí. Se puede regresar en taxi, elegir a alguien que no haya bebido o dejar el automóvil. La libertad de beber termina cuando ponemos a los demás en riesgo.

Los abogados defendemos a quienes actuaron correctamente y también a quienes se equivocaron. El debido proceso no es un premio para los inocentes. Debemos revisar la detención, exigir una prueba confiable y actuar frente a cualquier abuso.

Pero un cliente puede necesitar defensa y un regaño al mismo tiempo.

Un abogado no debe celebrar cada decisión del cliente ni convertirse en gestor de impunidad. A veces debe decir: “Cuidaré tus derechos, pero esto ocurrió por una decisión tuya y debes asumirla”.

En la Ciudad de México, conducir por encima del límite permitido de alcohol se sanciona con arresto administrativo inconmutable de veinte a treinta y seis horas, seis puntos de penalización en la licencia y la remisión del vehículo al depósito. Puede parecer excesivo porque aún no existe una víctima, pero ésa es su finalidad: intervenir antes de que haya personas lesionadas o una familia esperando noticias en un hospital.

El programa Conduce Sin Alcohol funciona desde 2003 y, de acuerdo con la Secretaría de Seguridad Ciudadana, ha contribuido a reducir los hechos viales relacionados con el consumo de alcohol. Su propósito no es arruinarnos la noche, sino impedir que una decisión peligrosa continúe su camino.

También debemos hablar con claridad del amparo. Puede suspender el arresto mientras un juez revisa la legalidad de la actuación de la autoridad y debe utilizarse ante una medición incierta, un procedimiento irregular o la vulneración de derechos. Lo cuestionable es ofrecerlo como puerta para eludir consecuencias: el amparo protege frente a abusos; no promete que todo desaparecerá con una llamada.

Quizá por el arresto alguien pierda un vuelo, falte al trabajo o incumpla un compromiso. No es menor. Pero el problema comenzó kilómetros atrás, al decidir conducir después de beber. Aunque cueste reconocerlo, recibió la consecuencia menos grave: peor habría sido perder la vida, quitársela a alguien o enfrentar un proceso penal por un hecho irreparable.

Quien conduce después de beber no suele hacerlo con la intención de atropellar, chocar o lastimar a quienes lo acompañan. Si sucede, probablemente dirá:

—No fue mi intención.

Y posiblemente estará diciendo la verdad.

Pero no desear el resultado no elimina la decisión que creó el riesgo. También respondemos por lo que provocamos al ignorar un peligro previsible.

Días después hubo otra reunión y nuevamente apareció el alcohol. No fue eso lo que me inquietó, sino la sensación de que aquella detención había quedado reducida a la mala suerte de hallar un punto de revisión. Eso me produce tristeza: a veces recibimos la consecuencia menos grave y, en lugar de aprender, la convertimos en prueba de invulnerabilidad. Como antes no pasó nada, creemos que la próxima vez tampoco pasará.

El compromiso social del abogado no termina al impedir abusos; también comprende la prevención. Ayudar no siempre significa librar al cliente de una sanción. En ocasiones significa explicarle por qué debe cumplirla y procurar que no vuelva a necesitarnos por la misma causa.

Por eso, cuando alguien me pregunte qué puede hacer un abogado frente al alcoholímetro, responderé: primero, no bebas si vas a conducir. Si ya bebiste y el alcoholímetro detuvo tu camino, agradece que haya llegado antes que un accidente. El abogado revisará el procedimiento, protegerá tus derechos y combatirá cualquier ilegalidad; pero, si el arresto fue legítimo, también deberá decirte que corresponde asumirlo.

Dicen que beber es para valientes. No lo sé. Lo que sí requiere valor es reconocer una mala decisión, aceptar sus consecuencias y no repetirla.

No intentemos escapar de una medida creada para prevenir lo irreparable. La mejor forma de librarse del alcoholímetro será siempre la misma: si vas a conducir, no bebas.

Porque es preferible cumplir una sanción y aprender de ella que cargar toda la vida con las consecuencias de una imprudencia y repetir:

—No fue mi intención.

Por Rosendo Gómez

Dr. Rosendo Gómez Hernández

Doctor en Derecho, abogado litigante y profesor en la Universidad Tecnológica de México. Egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM y con más de quince años de trayectoria profesional, ha desarrollado su carrera en el litigio, la consultoría y el servicio público. En este espacio comparte reflexiones sobre educación, familia y la presencia cotidiana del Derecho con un lenguaje cercano y alejado de tecnicismos.

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