Dr. Rosendo Gómez HernándezOpinión

Dime la verdad

“La verdad no cambia cuando cambiamos de lugar; lo que cambia es aquello que alcanzamos a ver”.

El lunes comenzó un nuevo cuatrimestre. Al escuchar a mis alumnos, advertí una dificultad que va mucho más allá de memorizar artículos o redactar demandas: distinguir entre lo que sentimos que es justo, lo que creemos que ocurrió y lo que realmente podemos demostrar.

Sería cómodo atribuirles por completo esa confusión. Quienes enseñamos también somos responsables cuando repetimos sin matices que toda verdad depende del cristal con que se mire. Aprender a observar desde distintos lugares es indispensable; confundir una perspectiva con los hechos puede ser peligroso, especialmente en el derecho.

Mientras los observaba pensé en una imagen que circula con frecuencia. Alguien dibuja un número en el suelo. Una persona, colocada de un lado, ve un nueve; otra, desde el extremo contrario, asegura que es un seis. La moraleja, bien intencionada, suele concluir que ambas tienen razón porque todo depende de la perspectiva.

Pero a esa historia le falta una pregunta fundamental: ¿qué número dibujó quien trazó la figura?

Si dibujó un nueve, el número no se convierte en seis porque alguien lo mire desde otro sitio. Su posición puede explicar el error, pero no transforma su percepción en otra verdad. 

Entender por qué alguien ve un seis es un ejercicio de empatía; afirmar que por eso el dibujo dejó de ser un nueve es algo distinto.

Una persona puede hablar con total sinceridad y, aun así, estar equivocada. La verdad no cambia cuando cambiamos de lugar; lo que cambia es aquello que alcanzamos a ver.

Esto importa especialmente en el derecho. Víctima, acusado, testigos y policías pueden observar fragmentos distintos de un mismo acontecimiento. El proceso debe permitir que todas las versiones sean escuchadas, pero no puede terminar afirmando que existen tantas verdades como participantes.

Las versiones deben confrontarse con pruebas. Una sentencia no modifica lo ocurrido ni fabrica una verdad infalible: establece qué pudo acreditarse conforme al proceso. Los juzgadores pueden equivocarse y sus decisiones revisarse. Pero esa posibilidad no autoriza a inventar los hechos que más nos convengan.

En estos días volví a encontrar un patrón recurrente en la práctica profesional. Cambian personas y circunstancias, pero no la historia: alguien se gana la confianza de otro, aparece un conflicto económico y, cuando llega el momento de responder, el relato convierte en responsable a quien afirma haber resultado perjudicado.

No corresponde declarar culpabilidades desde una columna. Una denuncia no es una sentencia y toda responsabilidad debe demostrarse ante la autoridad. Lo que me inquieta es nuestra capacidad para reordenar el relato hasta ocupar siempre el lugar de la víctima.

Quizá la mentira más peligrosa no sea la que les contamos a los demás, sino aquella que repetimos hasta convencernos de que nunca hicimos nada malo.

Decir la verdad no consiste únicamente en narrar correctamente un hecho. También significa admitirlo. Decir “engañé”, “incumplí”, “lastimé” o “aproveché la confianza de alguien” es muy distinto de afirmar que las cosas se complicaron, que todos perdieron o que los demás entendieron mal.

Admitirlo tampoco significa renunciar al derecho de defensa. En un proceso penal nadie está obligado a declarar contra sí mismo, corresponde al Estado acreditar la acusación y la presunción de inocencia debe permanecer intacta. Hablo de una responsabilidad anterior y más íntima: dejar de editar nuestra historia para poder seguir mirándonos al espejo.

El derecho puede imponer una pena, ordenar una reparación o exigir el cumplimiento de una obligación. Lo que no puede hacer es obligarnos a comprender la lección. Hay personas que reciben una segunda oportunidad y la aprovechan para cambiar; otras solamente la utilizan para ensayar una versión más convincente de la misma conducta.

Por eso me preocupa lo que enseñamos. No basta memorizar códigos o encontrar contradicciones. Quiero que mis alumnos aprendan a cuestionar las pruebas y a defender derechos, pero también que comprendan que defender no es fabricar hechos y argumentar no significa acomodar la realidad.

Después del daño, antes del perdón y aun antes de la reparación, existe un primer paso inevitable: reconocer qué ocurrió. No podemos reparar aquello que seguimos negando, pedir perdón por una historia en la que nunca hicimos nada ni reconstruir confianza sobre hechos acomodados.

Después vendrán las explicaciones. Tal vez diremos que no queríamos causar el resultado, que las cosas escaparon de nuestras manos o que nunca fue nuestra intención. Ésa será otra conversación.

Por ahora basta una pregunta. No la que dirige el Ministerio Público ni la que formula un abogado durante el interrogatorio. Es la pregunta que debemos hacernos cuando nadie más nos escucha:

¿Qué ocurrió realmente y qué parte me corresponde admitir?

Dime la verdad.

Pero comienza por decírtela a ti.

-Rosendo Gómez

Dr. Rosendo Gómez Hernández

Doctor en Derecho, abogado litigante y profesor en la Universidad Tecnológica de México. Egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM y con más de quince años de trayectoria profesional, ha desarrollado su carrera en el litigio, la consultoría y el servicio público. En este espacio comparte reflexiones sobre educación, familia y la presencia cotidiana del Derecho con un lenguaje cercano y alejado de tecnicismos.

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