La epidemia silenciosa de sentirse un perdedor

Hay una frase que escucho con mucha frecuencia en el consultorio y que, después de años de ejercer la psiquiatría, sigue sorprendiéndome.
«Siento que soy un perdedor.»
Lo curioso es que casi nunca la dice la persona que imaginamos. No siempre la pronuncia alguien que perdió el trabajo, acaba de divorciarse o atraviesa una enfermedad grave. Muchas veces la escucho de alguien que terminó un posgrado, dirige una empresa, ha formado una familia o ha conseguido metas que hace algunos años parecían imposibles.
Y entonces siempre me hago la misma pregunta.
¿Cómo puede sentirse un perdedor alguien que, objetivamente, ha logrado tanto?
Con los años entendí que el problema no es perder.
El problema empieza cuando una experiencia se convierte en una identidad.
No es lo mismo decir:
«Perdí una oportunidad.»
Que decir:
«Soy un perdedor.»
La primera frase habla de algo que ocurrió.
La segunda habla de quién creo que soy.
Y cuando un resultado termina definiendo nuestra identidad, aparece una de las formas de sufrimiento más difíciles de desmontar.
Durante miles de años competir tuvo sentido. Nuestros antepasados competían por alimento, territorio, protección o pareja. Ganar o perder podía significar vivir un año más o desaparecer. Nuestro cerebro evolucionó prestando muchísima atención al estatus porque, en aquel mundo, el estatus aumentaba las posibilidades de sobrevivir.
El problema es que nuestro cerebro cambió muchísimo más lento que el mundo en el que vivimos.
Hoy ya no competimos solo por comida o seguridad.
Competimos por ascensos, por seguidores, por el cuerpo perfecto, por reconocimiento profesional, por la escuela de nuestros hijos, por vacaciones más espectaculares o por una vida que se vea admirable desde la pantalla de un teléfono.
Y aquí aparece algo que nunca había existido en la historia de nuestra especie.
Las redes sociales ampliaron nuestro grupo de comparación hasta volverlo prácticamente infinito.
El antropólogo Robin Dunbar explica que nuestro cerebro evolucionó para vivir en grupos relativamente pequeños. Sin embargo, hoy nos despertamos y, antes de desayunar, ya nos comparamos con cientos o miles de personas que jamás conoceremos.
El resultado es una competencia que nunca termina.
Siempre habrá alguien con más dinero.
Más belleza.
Más reconocimiento.
Más viajes.
Más seguidores.
Antes una carrera tenía una meta.
Hoy parece que siempre hay otra empezando.
Y nuestro cerebro responde como si quedarse atrás fuera una amenaza real.
De hecho, en cierto sentido, así lo vive.
Hoy sabemos que cuando sentimos que perdemos estatus se activan circuitos cerebrales relacionados con el estrés y el dolor social. Una promoción que no llegó, pocos «me gusta» o la sensación de que todos avanzan menos nosotros pueden activar sistemas muy parecidos a los que participan cuando experimentamos dolor físico.
Por eso perder duele mucho más de lo que solemos admitir.
Pero hay otra consecuencia de la que hablamos mucho menos.
Cuando vivimos en una competencia permanente, vivimos también en una amenaza permanente.
Y un cerebro que se siente amenazado deja de funcionar para conectar y empieza a funcionar para sobrevivir.
Aparece una autocrítica que destruye más de lo que impulsa. Dejamos de disfrutar lo que logramos porque siempre parece insuficiente. Nos cuesta celebrar el éxito ajeno y, sin darnos cuenta, aparece una emoción profundamente humana: la envidia.
La envidia no nace porque seamos malas personas. Muchas veces nace porque sentimos que el éxito del otro confirma nuestro propio fracaso.
Entonces dejamos de mirar al otro como compañero y empezamos a verlo como rival.
Poco a poco nos desconectamos de emociones que sostienen la vida en comunidad: ceder cuando hace falta, tolerar la frustración, alegrarnos genuinamente por el crecimiento de alguien más, motivar, cooperar, mirar al otro con curiosidad en lugar de con amenaza.
En ese intento desesperado por ganar, terminamos perdiendo algo mucho más importante.
Nuestra humanidad.
Y, paradójicamente, cuanto más vivimos desde esa amenaza, más intensa se vuelve la sensación de derrota y de soledad.
Pero creo que la trampa más sofisticada no es la competencia.
Es la comparación.
El filósofo René Girard propuso una idea que cambió por completo mi forma de entender muchas historias que llegan al consultorio.
Tal vez no deseamos las cosas porque realmente las queremos.
Muchas veces empezamos a desearlas porque vimos que alguien más las tenía.
En otras palabras, aprendemos qué vale la pena desear observando a los demás.
Quizá nunca quisiste ese reloj.
Ese puesto.
Esa casa.
Esa vida.
Quizá empezaste a quererla cuando alguien te convenció, sin decir una sola palabra, de que ahí estaba el éxito.
Y entonces la competencia deja de ser por el objeto.
Empieza a ser por la persona.
En consulta veo con frecuencia personas agotadas por intentar ganar una carrera que, en realidad, nunca eligieron correr.
Y aquí la filosofía ofrece una respuesta que, dos mil años después, sigue siendo profundamente actual.
Epicteto decía que una vida más libre comienza cuando distinguimos aquello que depende de nosotros de aquello que no.
Nuestra manera de actuar.
Nuestros valores.
Nuestros juicios.
Eso sí depende de nosotros.
La reputación.
El reconocimiento.
La aprobación de los demás.
Eso nunca ha estado completamente bajo nuestro control.
Quizá la mayor victoria no sea tener más medallas que los demás.
Quizá sea dejar de permitir que el marcador externo decida cuánto valemos.
Porque competir no es malo.
Al contrario.
La competencia bien entendida nos hace crecer, aprender y descubrir capacidades que no sabíamos que teníamos.
El problema aparece cuando el resultado deja de evaluar lo que hicimos y empieza a definir quiénes somos.
Perder un partido no nos convierte en perdedores.
Perder un empleo no nos convierte en fracasados.
Perder una relación no nos vuelve indignos de ser amados.
Porque una derrota siempre es un acontecimiento.
Un perdedor, en cambio, es una identidad.
Y las identidades no nacen de los resultados.
Nacen de las historias que nos contamos sobre esos resultados.
Quizá la pregunta ya no sea si voy ganando o perdiendo.
Quizá la pregunta sea otra.
Si me atrevo a revisar mi historia, a descubrir de dónde nacen mis deseos y a vivir mis renuncias con sabiduría, quizá pueda construir una identidad que no dependa de ganar la siguiente competencia, sino de reconocer con claridad quién soy, aceptar mis desafíos y descubrir dónde está mi verdadera fortaleza. Porque esa paz va mucho más allá de perder o ganar.



