Héctor Pérez RiveraOpinión

Ted Lasso: el fútbol como pretexto

«El fútbol es lo más importante de las cosas que no importan». La frase del húngaro Ferenc Puskas viene a cuento ahora que concluyó la cuarta temporada de Ted Lasso, la serie de Apple TV. Alrededor de ese balón aparecen nuestras alegrías, nuestros miedos y la necesidad de pertenecer. Creo que esa es la virtud de esta historia: invitarnos a mirar la vida mientras creemos que estamos viendo fútbol.

Para muchos hombres, el deporte fue el pretexto para sentarnos frente a una conversación que quizá habríamos evitado. Llegamos por un entrenador estadounidense que apenas entendía el fútbol inglés y terminamos reflexionando sobre paternidad, amistad y duelo. En el camino tuvimos que preguntarnos qué significa ganar y cuánto estamos dispuestos a perder para conseguirlo.

La serie toca una educación sentimental que a los hombres suele hacernos falta. Aprendimos a competir, a soportar y a disimular. Nos enseñaron menos a reconocer el miedo o a decir que necesitamos ayuda. Hablar de nuevas masculinidades exige revisar esas costumbres en la vida diaria: cómo escuchamos a nuestra pareja, cómo acompañamos a un amigo y qué hacemos cuando nuestros hijos necesitan algo más que un proveedor.

Ted no es el superhombre que todo lo puede. Su optimismo convive con ataques de pánico, un matrimonio roto y el dolor de estar lejos de su hijo. Su sonrisa no resuelve esas heridas. Reconocerlas y aceptar ayuda le permite empezar a hacerse cargo de ellas. Ahí hay una lección para quienes confundimos fortaleza con silencio: podemos ser capaces y necesitar a otros.

Su manera de dirigir parte de reconocer las capacidades de quienes lo rodean. Procura que cada persona dé lo mejor de sí, aunque no tenga todas las respuestas. La autoridad se construye escuchando y haciendo espacio para que otros crezcan. Es valioso fuera de la cancha: un padre, un jefe o un maestro también puede preguntarse si su presencia ayuda a los demás o los obliga a vivir pendientes de su aprobación.

Los llamados Diamond Dogs llevan esa posibilidad a un lugar inesperado. Son hombres que se reúnen para hablar de sus sentimientos en un club de la Premier League, donde la dureza es parte del uniforme. Comparten dudas amorosas, escuchan y se permiten no saber. La amistad adquiere otra profundidad cuando podemos contar lo que nos avergüenza sin temer que después se utilice para humillarnos.

También hay preguntas sobre identidad nacional, lealtad y responsabilidad afectiva. El vestuario reúne personas de distintos países que deben aprender a convivir sin borrar sus diferencias. Las relaciones muestran que querer a alguien no nos exime de responder por el daño que causamos. Y el éxito deja de caber en una tabla de posiciones. ¿De qué sirve levantar un trofeo si para lograrlo destruimos a quienes nos acompañan?

En medio de esas tensiones aparece Dani Rojas, el mexicano interpretado por Cristo Fernández, con su entusiasmo y su «fútbol es vida». En un mundo donde el deporte parece medirse por contratos, negocio y gloria, Dani recuerda la diversión. Su alegría nos devuelve al niño que juega porque le gusta jugar. Tal vez convenga recuperar algo de eso en nuestras ocupaciones: recordar qué nos apasionaba antes de convertirlo todo en una obligación o una competencia.

El letrero «Believe» invita a creer en uno mismo y en quienes nos acompañan. La confianza ayuda a intentar lo difícil y a sostener al compañero. Pero la cuarta temporada, centrada en el equipo femenil del Richmond, obliga a ampliar esa idea. Las jugadoras llegan con obstáculos que un discurso motivacional no puede resolver. Para entrenar también hace falta que alguien cuide a los hijos.

Gemma Jay enfrenta la tensión entre su formación como abogada y su pasión como delantera de las Galgas. Su historia permite pensar en las mujeres que deben negociar tiempo, estabilidad y expectativas ajenas para hacer aquello que desean. La pregunta rebasa al fútbol: ¿cuántos talentos dejamos fuera cuando damos por hecho que el cuidado es responsabilidad de ellas? Pedirles que crean más en sí mismas resulta insuficiente si las condiciones siguen cerrándoles el paso.

La sororidad convive con la competencia, los vínculos sentimentales y las relaciones entre hermanas. Acompañarse entre diferencias y ambiciones también requiere trabajo. La transformación del «Believe» en «Believe and…» abre una posibilidad creativa: creer y actuar, creer y organizarse, creer y exigir condiciones para avanzar. Yo leo ahí un reconocimiento de que la confianza necesita apoyos concretos para convertirse en una oportunidad.

El final de la Cuarta Temporada nos da una lección de humildad, reconocimiento al mérito y de establecer prioridades en la vida. Todo eso mientras creemos que estamos viendo una serie de comedia sobre fútbol.

Invito a todas las personas, les guste o no el fútbol, a ver Ted Lasso. Su humor permite acercarnos a conversaciones difíciles sin sentir que alguien nos está dando una clase. Es un bálsamo para el alma porque hace lugar a la fragilidad y a la posibilidad de cambiar. El fútbol nos llevó hasta el vestuario; lo que encontramos ahí fue una manera más generosa de mirarnos y de acompañar a los demás. Quizá de eso se trate también la vida: de aprender a jugar juntos.

-Mtro. Héctor Pérez Rivera

Mtro. Héctor A. Pérez Rivera

Héctor A. Pérez Rivera es abogado por la UNAM, con estudios de posgrado en España, Estados Unidos y Alemania, y certificación de La Haya en investigación de crímenes de guerra y lesa humanidad. Especialista en derechos humanos, formó parte del equipo que representó a las víctimas ante la Corte Interamericana en los casos Campo Algodonero y Digna Ochoa. Fue profesor del ITAM (2013-2021), donde fundó la Clínica de Litigio Penal contra Violaciones Graves a Derechos Humanos, y es autor del libro "La Trata de Personas como Violación grave a los Derechos Humanos". Actualmente es Director Ejecutivo de ACCEDeH y socio de la Firma Legal Pérez Rivera, Salas & Peña.

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